Marc Bayés // Quito.

Santiago Páez (1958, Quito) es escritor. Se licenció en Derecho y se doctoró en Comunicación. Empezó a publicar sus primeras piezas narrativas en la década de los noventa: La reina mora (1997), Los archivos de Hilarión (1998), Shamanes y reyes (1999). Desde entonces, su obra narrativa ha crecido ostensiblemente. Además de escribir ensayos, Páez ha incursionado en géneros como la novela policial y la ciencia ficción; es autor del guión de una novela gráfica e incluso de varios relatos para niños.  Su última novela se titula Antiguas ceremonias (2015).

M (Marc): La novela se llama Antiguas ceremonias, pero ¿qué tan antiguas son las ceremonias de su novela?

Santiago Páez (S.P): Son las ceremonias primordiales. Esas ceremonias se remiten a los actos y las acciones de los animales porque lo que está en el fondo de esta novela es la idea de que lo que nos hace humanos, paradójicamente, no es lo que de humanos tenemos, sino esas antiguas ceremonias que hemos conservado de nuestro pasado mamífero, es decir, el apareamiento, el cuidado de los niños, el amamantamiento, el ser gregarios unos con otros, que es propio de los mamíferos…Solo cuando regresamos a esas antiguas ceremonias animales es cuando somos realmente humanos.

La cultura es lo que nos ha dado pretextos y justificaciones para matarnos unos a otros, para torturarnos.

M: Hay una evocación de ruinas y antiguos cultos, pero también el lector tiene la sensación de que lo que ocurre en las ruinas es posterior a nuestro tiempo. Hay hallazgos de antigüedades y de modernidades.  ¿En qué momento ocurre todo? ¿Hay una respuesta para ello?

S.P: Bueno, es una novela que no es utópica ni distópica, sino atópica. Ocurre en un universo que está antes y después, un universo que no tiene un lugar efectivo, sino que está probablemente en una parte de nuestra mente, una parte ruinosa, tal vez, de los humanos occidentales.

M: A pesar de sus advertencias, uno no puede dejar de leer su novela. ¿Cómo el torturador nos mete en su senda? Con permiso, ¿cómo el escritor nos mete en ese camino?

S.P: Esa novela, que me alegra que no puedas dejar de leer, es muy distinta a las otras que he escrito.He escrito usualmente novela policial, de ciencia ficción…difícilmente, me había metido en una novela que  a propósito –a posta, como decís vosotros (sonrisa)- es una novela que busca incomodar al lector.

De lo que se trata es que el leer una novela sea como caminar en un viaje. Hay viajes estúpidos, como “he ido a Disneylandia”: esas son las novelas best seller, las novelas románticas que produce, por ejemplo, una editorial que se llama Arlequín. Eso no es viajar, es ir a un parque temático.

Hay viajes agradables, que sé yo, viajar por determinadas zonas de España muy cuidaditas o del sur de Inglaterra, que parece una postal todo el tiempo. Esas son las novelas policiales…novelas gratas, ¿no?

Y luego hay viajes que nos empeñamos en hacer. Son viajes iniciáticos, dolorosos, extraños, llenos de extravíos, que son este tipo de novelas, novelas mucho más difíciles de leer, novelas que estoy seguro de que no leerán muchos, pero para quienes las lean lo que se busca -yo buscaba eso- es una experiencia escabrosa y profunda.

Es una novela que no es utópica ni distópica, sino atópica. Ocurre en un universo que está antes y después, un universo que no tiene un lugar efectivo, sino que está probablemente en una parte de nuestra mente, una parte ruinosa, tal vez, de los humanos occidentales”

M: El libro se divide en dos partes. La segunda notoriamente más extensa que la primera. ¿A qué obedece esa división?

S.P: Eso no fue buscado al principio. Escribí, primero, la segunda parte. Creí que eso era la novela. Empezaba con gregarios y con un criminal y las declaraciones de Francisco de Sales, que es el criminal que está encerrado en esas ruinas de la novela.

Acabé la novela y casi al año siguiente, me pidieron que escribiera un relato largo para una antología de relato fantástico ecuatoriano y empecé a escribir en un verano.  Escribí y cuando me di cuenta, tenía 70 páginas y esas hojas eran parte de ese mundo.

Me di cuenta, primero, de que no me había conseguido librar de ese mundo. Volvió. Luego, como parte de una antología en la que había media docena de escritores más, no cabía que yo presentara un relato de 70 páginas y ellos doce. Y me di cuenta de que ese texto relataba la llegada de uno de los personajes a esas ruinas en las que se sitúa la segunda parte de la novela.

M: ¿Es como un travelling demorado y con profundidad?

S.P: Sí, es… lo que ahora está de moda: una precuela, ¿ya? Una precuela, ni modo.

M: ¿Qué es el mar de los Escuerzos? ¿La Laguna Estigia?

S.P: Podría ser eso o algo parecido al mar de los Sargazos. Es un mar que se supone que está por ahí del Índico y que está lleno de algas, que son los sargazos. Un lugar donde se embancaban los barcos y no podían salir.

Es un mar, además, aceitoso, que casi no genera olas, es algo parecido al mar Muerto o, en última, parecido al mar de Arad, creo. Hay un mar, en el Cercano Oriente, que está ya seco y en el que se han quedado, en estos espacios de sal y de arena, embancados los barcos que estuvieron allí. Entonces, es una mezcla de todos esos mares. Básicamente, un mar del que no se puede salir.

M: ¿Escuerzos viene de la similitud fonética con Sargazos?

Una es similitud fonética, pero escuerzos también significa sapos. Es una palabra arcaica para sapos.

También se trataba de evocar una idea de fauna, es decir, en esta novela hay una fauna extraña en algunos momentos: unos peces que croan. Los peces no pueden croar, pero si existieran unos peces que croan, lo que sería una especie de delfines o algo así, sería algo que ocurriera en ese mar.

M: Hay, asimismo, una especie de kraken…

S.P: Sí, hay una bestia que se supone que sigue al barco en el que van los protagonistas iniciales. No la han visto pero la temen. Suponen que es una especie de monstruo marino que podría destruirlos y que no los destruye. Los sigue y los sigue.

M: Al inicio de la novela encontramos a un personaje sobre un trirreme navegando a un lugar desconocido, desconocido incluso por él. Un hombre que recupera paulatinamente su memoria y que encuentra a una mujer que parece que también ha recuperado algo su memoria. En esa recuperación se abandonan a sus instintos, ¿qué cree que los hace cambiar y abandonar el barco?

S.P: Es el horror, el horror. Se convierten en asesinos. Él, que es el que más recuerda, se acuerda de que fue torturador en su vida pasada, antes de que alguien o algo lo llevara a ese barco en el que deambula perdido -porque el barco ese va sin tocar puerto, va sin llegar a ninguna parte y está condenado a surcar ese mar espeso para siempre-.

Él empieza a tener memoria y esa memoria la obtiene a través del horror. Es eso lo que le permite romper esa especie de sino inevitable de vagar en ese trirreme, ese antiguo barco. Él puede llegar, al final, a las ruinas, que son un lugar que parecería de olvido, pero de un olvido que le limpia a uno.

La cultura es lo que nos ha dado pretextos y justificaciones para matarnos unos a otros, para torturarnos”

M: Ese personaje desaparece. Ya no lo volvemos a encontrar en la novela, pero la chica, Klau, sí que la volvemos a ver.

S.P: Una vez más. Klau aparece una vez más en una de las secuencias posteriores.

M: El hombre que recupera la memoria, este hombre que viaja en el trirreme y que lo abandona,  no nos parece un personaje plano, funcional, sino profundo y complejo. Nos regala, además, algunas reflexiones interesantes, como aquella en la que dice: “Leer es un acto de obediencia parecido a extraer una confesión”. ¿Qué nos puede añadir Santiago Páez sobre este comentario?

S.P: Primero, debo aclarar algo sobre el personaje. Al final de la novela, escribí un epílogo que no es sino una reflexión que yo me hice sobre esta novela mucho tiempo después de haberla escrito en la totalidad.

Buscaba en la segunda parte de la novela que los personajes fueran planos. Tal vez, este personaje va llegando a ser plano. Va abandonando esas profundidades hasta que realmente al desembarazarse de todo ese bagaje de horror que lo ha llevado, y que nos lleva a todos, puede convertirse en personaje plano y convertirse en esa calidad de personaje plano, de una sola dimensión en ese mundo de las ruinas.

M: Ese primer libro termina cuando los dos personajes, una vez abandonado el barco, llegan a un puerto, a un lugar repleto de ruinas de templos, esculturas en ruinas. ¿Qué es ese lugar?

S.P: Hay un sueño de Freud en el que sueña que está en su casa. Empieza por el sótano y ese sótano está lleno de ruinas romanas. Y desde allí va subiendo a otras estancias.

Parece que es eso. Las ruinas son esa parte más inicial de nosotros mismos. Creo que ese sueño en el que Freud se interpreta a sí mismo -ese es el primer psicoanálisis practicado sobre su persona- es muy interesante. Todos tenemos unas ruinas a las que nos podemos remitir o desde las que nos proyectamos. En nuestra mente siempre vamos portando nuestras ruinas.

Ahora, las ruinas en lo que yo escribo han tenido siempre mucha importancia, siempre aparecen ruinas. No me di cuenta hasta hace unos dos años atrás me hicieron una entrevista y me pidieron fotos de mi niñez. Escogí las fotos en blanco y negro -los de mi edad las fotos de la niñez las tenemos en blanco y negro- y encontré una, en la que yo tenía tres años, en la que estaba en unas enormes piedras. Atrás decía Tiahuanaco.

En realidad, mis padres y yo, en esa época, vivimos tres o cuatro años en Bolivia. Parece que en algún momento me llevaron a Tiahuanaco, pero de muy niño. Y no me acordaba. Por lo visto, conscientemente no me acordaba, pero haber estado en las ruinas de Tiahuanaco, en esos monolitos, a una edad tan temprana es algo de lo que mi mente se ha resistido a olvidar. Creo que por eso están ahí esas ruinas.

También habría una explicación andina. Los indios jamás tocan una de esas piedras porque son piedras llenas de alma. Las piedras de los ancestros no se tocan. Se tienen de lejos. Entonces, la idea de que sienten a un niño de dos o tres años encima de esas piedras es descabellada para un indio, es algo que no se debe hacer, porque los espíritus de esas piedras, el alma de esas piedras va a entrar en el niño y le va a hacer la vida imposible para siempre. Más o menos eso pasó.

M: En Las Ruinas ocurre prácticamente todo lo que sucede en este libro. Me da la sensación de que las 66 páginas páginas iniciales son una rica introducción, demorado travelling, en la que se presenta a Francisco de Sales. Este personaje cruel es mucho más que eso, ¿verdad? ¿Quién es Desales?

S.P: Primero, es Francisco de Sales (en la novela está escrito con apellido Desales), el santo patrón de los escritores y periodistas. Era el hombre de las palabras y de los relatos.

El personaje de la novela es un artista que va construyendo imaginarios, pero todos esos imaginarios son terribles y los hace efectivos. Es más o menos lo que dicen algunos teóricos: un artista debe ser político.El problema es cuando un político se vuelve artista porque trata de que la realidad se acomode a determinadas pautas de armonía que la realidad no puede tener.

El nazismo, por ejemplo, fue una gran estética del mundo, querían que todo estuviera ordenado. Y si tratas de ordenar el mundo, empiezas a matar gente, por ejemplo. Estos no entran en el cuadro, se ven feos, entonces los mato o los aparto. Los meto en un campo de concentración. Entonces, esa estetización de la política es terrible y eso es lo que le pasa a Desales.

Toda esa imaginación estética que tiene la convierte en hechos concretos y eso es lo malo, porque, entonces, empieza a violar, a matar, a destruir…Creo que este personaje es un artista que se politiza en el peor sentido de la palabra.

Todos tenemos unas ruinas a las que nos podemos remitir o desde las que nos proyectamos. En nuestra mente siempre vamos portando nuestras ruinas”

M: En Las ruinas, lugar donde transitan la mayoría de  personajes, aparecen caracteres absolutamente desamparados. Entre ellos, llama la atención J. Panek. El narrador habla de ella como la mujer que ha entendido el ritmo de las cosas, pero ¿qué ritmo es ese?

S.P: Hay un poema de Julio Pazos, que es uno de los más grandes poetas ecuatorianos vivos, que dice: “Con ritmo secreto se precipita el caldo //y ya ni fugaces trenes subterráneos ni sangrantes cuchillos los asustan”. Pazos se refiere al caldo, la comida. Este personaje, J.Panek, está vinculado a la comida.

El ritmo de preparar la comida, de comerla, de digerirla y de evacuarla, te involucra con una serie de ritmos plácidos del mundo. Por eso, si es que tienes algún problema se te corta la digestión, porque se alteró ese ritmo armónico.

Los automóviles no tienen un ritmo armónico, los ríos sí. Es ese ritmo al que ella pertenece, luego de haber tenido unos antecedentes espantosos, turbios, oscurímos. Pero como ella ya ha olvidado eso, es solamente una cocinera.

Uno piensa ¿cómo se hacen ácidos?¿De dónde se sacan? Vicente Aleixandre tiene un par de versos preciosos que dicen: “El limonero que sorbe al sol el jugo agraz en la mañana virgen”. ¿De dónde saca el ácido el limón? De la parte más virgen de la mañana.

Desde ese momento surge el ritmo. Sigue cuando una mujer u hombre cocinan. Luego de haber cocinado, comer, comer en paz. Lo que hacemos entre clases es embutirnos algo. Y, luego, claro, la digestión y las deyecciones, que se tienen que hacer en paz.

El nazismo, por ejemplo, fue una gran estética del mundo, querían que todo estuviera ordenado. Y si tratas de ordenar el mundo, empiezas a matar gente, por ejemplo. Estos no entran en el cuadro, se ven feos, entonces los mato o los aparto. Los meto en un campo de concentración”

M: Hay una reflexión en el libro de parte del narrador que dice que el peor hambre es el hambre de Dios.

S.P: Sí. Puedes robar un pan. Si es que sale bien, escribes Los miserables.Si alguien con hambre, roba no se le puede imputar… y roba comida, claro. Si roba diamantes porque estaba con hambre, no, pero si rompe un cristal y roba en una panadería porque él o sus hijos estaban con hambre, se le dice: “No lo haga de nuevo, por favor, pero váyase”. Eso dice la ley en Ecuador e imagino que en España también.

Pero hay otras hambres que no se satisfacen tan fácilmente. Y el hambre de Dios no se sacia nunca porque Dios no existe. Y como no se sacia nunca, nos ha llevado a los humanos a hacer cosas atroces: fundamentalistas islámicos, fundamentalistas estadounidenses de las iglesas del sur de Estados Unidos, del sur profundo…Esos feligreses son igual de brutales y salvajes ¿Por qué? Por esa hambre de Dios.

Además, esa creencia ciega lo justifica todo: matar, violar… Por más atroz que sea algo, siempre encontramos un argumento y hasta lo justifica y engrandece, incluso lo glorifica.

Siempre me peleo con amigos porque, para mí, el Che Guevara no es un héroe. Es un señor que mató a gente. No son héroes los que matan a gente, ninguno: sin embargo, hay una glorificación total de los que han matado.

El ritmo de preparar la comida, de comerla, de digerirla y de evacuarla, te involucra con una serie de ritmos plácidos del mundo”

M: Desafortunadamente, Santiago, tenemos que ir terminando y como conclusión, nos gustaría, por favor, que nos recomendara un café para acompañar la lectura de su novela.

S.P: Yo soy un gran amante del café. En verdad, el café árabe con cardamomo me gusta muchísimo y es un café tramposo porque uno toma el café y se pregunta qué es lo que me han puesto aquí. Por si acaso, si uno no sabe cómo hacerlo: primero hierve el agua con cardamomo y con esa agua hace el café.

Pero también es muy importante el dónde se toma el café y en dónde se lee. Creo que esta novela debería leerse en un zoco, en un barrio antiguo. Podría ser en el de Barcelona o en el centro de Quito, entre las calles estrechas, intrincadas…Creo que es una novela para leer en esos sitios.

Al leer admitimos lo que viene escrito en las páginas del libro, pues seguimos el orden en que se nos exponen las cosas. Aceptamos la sucesión de hechos contados de una historia o la cadena de razonamientos con los que el autor nos demuestra una creencia. Autor y autoridad son palabras tan parecidas. Leer es un magnífico ejercicio de obediencia, por eso la lectura es la senda del torturador”, Santiago Páez

Anuncios