Francisco Galindo. Fotografía: Stefanny Andrade // Casa de la Cultura Ecuatoriana, Quito.

Carlos Vásconez Gomezcoello nació el 16 de mayo de 1977, en Cuenca. Es escritor, profesor, poeta y literato. Fue presidente de la Casa de la Cultura azuaya entre noviembre de 2011 y enero de 2016. Actualmente es profesor en el colegio “Las Pencas”, de Cuenca, y en la Escuela de Lengua y Literatura, de la Universidad de Cuenca.

Entre sus obras más destacadas están: “Donde mejor estuvieron los zapatos”, “Mención a un extraviado”, “Los inventos del reo”, “El violín de Ingres”, “Versiones heroicas”, “Trabajos de dominio público”, “La raza extinta”, “Los días a tu nombre” y “Lo que los ciegos ven”, además de dos libros publicados entre escritores noveles cuencanos.

¿Cómo iniciaste en la literatura?

Inicié desde los 17 años, como casi todo joven que ama los libros. A esa edad pensaba que me merecía el Nobel de literatura, ahora estoy seguro de que no. En ese tiempo no entendía por qué le daban el premio a José Saramago y no a mí (risas).

¿Tuviste alguna referencia al empezar a escribir?

En realidad, una referencia relativamente indirecta, y digo relativamente, ya que a los once años mi papá —él siempre un buen lector— me obsequió con dos libros: “El retorno de los brujos”, de Louis Pauwels, y la Biblia. Me dijo: “Lee la biblia no solo como una cuestión religiosa, sino léela como si te gustara. Me empezaron a encantar los libros bíblicos y acabé los dos libros a los 17 años. Me di cuenta de que eso era lo que anhelaba. A partir de esas dos obras, descubrí a otros escritores religiosos que adoptaron la fantasía como germen de su creación; por ejemplo: Chesterton.

¿Qué tipo de literatura te gusta?

Me fascina la literatura estadounidense, francesa y española. Actualmente también la literatura de oriente me llama mucho la atención porque es otro mundo.

¿Qué líneas de pensamiento te gusta abordar en tus textos?

Me gusta mucho incluir filosofía en mis textos. Busco la apropiación y desapropiación del prójimo, que es algo que me interesa mucho. Me manejo bien dentro de esas ficciones.

¿Qué libro ha moldeado tu forma de escribir?

Quizá, a los 19 años, hubo un libro que causó un quiebre en mi vida, en lo que siempre había pensado. Es “El largo adiós”, de Raymond Chandler, escritor estadounidense. Borges es también muy importante. Se puede decir que amo su escritura por sobre todas las cosas. Me enmarco bastante en ese estilo narrativo.

¿Cuál de tus textos es el que más te gusta?

Es un relato llamado “Jonás, como todo el mundo” que está en el libro “Lo que los ciegos ven”, publicado por la editorial Cascahuesos (Arequipa, Perú). Me gusta su historia y su desenlace. Lo escribí casi de un tirón, en una noche, y aunque suelo corregir mucho, desde el principio noté que “Jonás” había conseguido plasmar lo que anhelaba. Y la referencia es bíblica, de Jonás, la ballena y Nínive. Este “Jonás”, el mío, es un hombre que opina que todos deberían ser como él. Este pseudoprofeta vaticina el fin de los tiempos.

Me gusta el relato por el tratamiento que le di. El barroquismo aquí es fundamental. Es bastante claro y enfático. Está cargado de una imaginación que vale la pena. Es un relato que escribí hace mucho tiempo y que cada vez que lo leo me cautiva de alguna manera. Siento que esa voz sí es la mía.

¿Por qué empezaste a escribir ya de una manera formal?

En esto le hago caso a Javier Vásconez —que, por si acaso, no tenemos ningún parentesco—, aunque él me llame sobrino. Él me dijo: “Carlos, tú tienes pellejo para escribir. Escribe todos los días una página, pero escríbelo como si de verdad quisieras escribir”. Es un buen consejo

¿Al momento de escribir, prefieres narrativa o poesía?

Me gustan ambas, pero sí hay una diferencia. La narrativa en eso dista de la poesía; la poesía es tan visceral, es tan sanguínea, puede salir en momentos de ira o de rabia. Pero la narrativa necesita más concentración. He leído algunos textos en los que el personaje a inicio es rubio y luego su cabello castaño. Creo que es falta de concentración.

¿Cómo es tu ambiente de trabajo?

No creo que tengo un lugar específico, no tengo un ritual, como puede tener un escritor decimonónico. Soy bastante fluido. Puedo escribir a mano, pero sí prefiero estar en mi biblioteca frente a un ordenador. En lo posible con una copa de whisky y unos cigarrillos.

¿Crees que tienes alguna manía?

Soy hiperpaciente. Mi manía o mis manías serían releer a Shakespeare hasta el cansancio; oír a Dylan, Cohen y los Stones de manera obsesa; jugar a ajedrez contra mí mismo, porque temo perder, y escribir varias versiones nuevas de personajes literarios, como Ignatius Reilly o incluso Dorian Gray.

¿Tienes otros hobbies similares a la lectura?

No, a ese nivel no. Me encanta el fútbol y el ajedrez, pero no los puedo practicar habitualmente; además, cuidar a mi bebé y cocinar de vez en cuando, aunque mi esposa no me deja.

¿Dejarías la lectura o la escritura algún día?

Espero que nunca. Creo que ya es un trabajo, un mecanismo de supervivencia. Para muchos escritores, la literatura es la diosa por sobre cualquier religión y en mi caso, es similar. Intento escribir a diario, aunque tampoco me presiono. Intento que la literatura fluya. Lo que sí me resulta imposible es dejar de leer. Ser lector es el mejor de los títulos.

¿Por qué crees que fuiste invitado a leer las obras de Dylan ?

Me considero y me consideran algunas personas como alguien que es un entendido de Bob Dylan, de su trayectoria, de su música y de las virtudes que él tiene. Es uno de mis autores preferidos; además, me identifico con sus textos.

¿Tienes otros planes a futuro?

Continuar escribiendo cuentos, no persisto, pero tampoco declino. Me fascina escribirlos. Me encantaría escribir un libro de ensayos… No me va mal, creo que un buen crítico tiene que ser una persona muy creativa. Pero estoy trabajando en un libro de relatos que será publicado el próximo año por la editorial Cascahuesos ; además, estoy organizando la primera Feria Internacional del Libro de Cuenca, que se llevará a cabo, si todo sale bien, en septiembre de 2017.

 

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