Sandra Araya estudió Comunicación y Literatura en la Pontificia Universidad Católica del Ecuador (PUCE) y ha desempeñado y desempeña una considerable lista de profesiones: correctora, profesora universitaria, colaboradora del suplemento cultural Cartón Piedra, editoria de la revista sobre cine, Babieca, tiene su propia editorial y es, además, escritora premiada: por ejemplo, en 2010 ganó la Bienal Pablo Palacio. Tiene varios cuentos publicados y debutó en el mundo de la novela con Orange.

M (Marc):¿Cuándo empieza a escribir Sandra Araya?

S.A (Sandra Araya): ¿Con miedo o sin miedo? Cuando tenía 12 o 13 años, hacía como unos esbozos de poesía que espero que nunca nadie lea. Los tengo guardados como un muro de la vergüenza que me recuerdan lo que no se tiene que hacer.

Cuando tenía unos 25 años, ya empecé a esbozar algo como cuentos y allí ya perdí el miedo a mostrar, a recibir críticas, sugerencias.

M: ¿Por qué empezaste a escribir?

S.A: Una necesidad. Siempre fui una lectora voraz. Junto con la lectura, creo que a muchos nos nace la cuestión de escribir, expresar el tedio y el dolor del primer amor que creo que a todo el mundo le ha chocado mucho.

Yo escribía, entonces, unos poemas edulcoradísimos a mi primer novio. Son una cosa horrenda y tratan de imitar los Cien sonetos de amor de Neruda, pero que, insisto, eran ensayos literarios. Buscaba una voz, una forma de expresión.

M: ¿Qué referentes hay detrás de Orange?

S.A: Jane Eyre es uno de los grandes referentes de mi Orange por esta cuestión del incendio. Me impresionó mucho, cuando era niña, en aquella época que hubiese una loca en un castillo encerrada, que en un momento dado lograse soltar sus ataduras e incendiase el castillo.

Esa historia corría paralela a una real que ocurrió en Viña del Mar, una ciudad donde viví durante los quince años. En esa ciudad chilena había un castillo en el cual una chica de unos quince años, enloqueció y quemó el castillo. Hubo muertos.

Hace unos pocos años, visité Viña y todavía está el castillo allí, con las marcas del fuego en las ventanas. A mí, la imagen del incendio en Eyre me marcó, definitivamente.

Cuando tenía 12 o 13 años, hacía como unos esbozos de poesía que espero que nunca nadie lea. Los tengo guardados como un muro de la vergüenza que me recuerdan lo que no se tiene que hacer”

M: He leído que este libro tiene también su origen en una pesadilla, pero ¿una pesadilla de otra persona?

S.A: La pesadilla no está relacionada con un incendio. La pesadilla tiene que ver con una iglesia que hay aquí en Quito, una iglesia moderna, que se llama iglesia de La Paz y que me produce horror. En esas calles de la iglesia, no transita nadie, hay unos árboles que dan sombra, unos parques extensísimos…A mí, me produce horror. Una noche tuve una pesadilla con esa iglesia y de ahí partió todo.

M: ¿En qué otros escenarios transcurre Orange?

S.A: Un lector muy atento descubrió que la casa en la que se desarrolla todo, la casa de los Donoso, es la casa en la que vivo ahora, porque tiene el volcán a las espaldas. Por ese motivo, por haber usado esa casa en la novela, mi mamá está a punto de ponerme las maletas en la puerta.

El otro escenario donde transcurre la historia es un terreno baldío que estaba cerca del departamento donde yo crecí, al lado de lo que es hoy el condominio La  Granja. Cuando era niña, miraba con mucho recelo la entrada de ese terreno. Era una puerta de metal, entornada casi siempre, desde la que se veía solamente un pastizal seco. Cuando niña, me imaginaba los mil horrores que podían suceder allí: desde ratones, alimañas, hasta gente mala.

M: En esos espacios transformados en ficción, nos encontramos con Catalina, Juan Pablo y los otros. También con el volcán, los campos secos y el fuego, sobre todo el fuego. ¿Qué evoca el fuego en la novela?

S.A: El fuego es purificación. Es un fenómeno que utilizaban en las antiguas culturas, como en la griega, para purificar. Cuando el cuerpo de Hércules sufre el emponzoñamiento por la túnica envenenada, lo creman para que pueda obtener su lugar en el mundo de los semidioses, que, por otro lado, le correspondía por ser hijo de Zeus.

El fuego, además, me llama la atención por la luz que irradia. La luz, más que el fuego, es el centro de mi novela.

M: Creo que tienes una admiración muy fuerte por el fuego y eso es lo que me preocupa (risas). La fascinación del ser humano por el fuego es antigua, ¿verdad?

S.A: El fuego se supone que fue lo que en algún momento nos separó, como especie, de los animales. En el momento en que nosotros empezamos a controlar el fuego y pudimos cocer nuestros alimentos, pasamos a otro estadio de la evolución.

Pero el fuego, en principio, fue creado para ahuyentar las sombras, para ahuyentar el miedo que teníamos a lo que habitaba en la oscuridad. Y eso es lo que me produce más atracción, porque el fuego, si bien ilumina, también destruye. Y es algo que no podemos evitar. La luz nos permite salir de las sombras, pero también nos puede matar.

M: Catalina, uno de los personajes de Orange, siempre insiste a su hermano que le abra la cortinba para poder ver esa luz. ¿Quién es Catalina?

S.A: Catalina Donoso. Mucha gente me ha preguntado si tiene algo que ver conmigo. Pues no: no tengo hermano; tengo medio hermanos; de incesto, nada en mi familia; y soy pelirroja, pero porque me tiño.

Catalina es un personaje que surgió porque ella me pareció la protagonista ideal para las pesadillas que yo estaba teniendo recurrentemente.

Consulté con un par de amigos psicólogos acerca de patologías que podían encajar con lo que yo estaba pensando y me dijeron: “Tienes que centrarte en una patología. Ella tiene que tener un problema”. El problema más grave que tiene es que le gusta prender las cosas, pero aparte de esto, es una niña que está definitivamente muy sola y tiene mucho miedo y, por eso, a mí, me produce ternura.

M: Entonces, ¿no es una maldición que pesa sobre la familia —como se dice en la novela—, sino una patología lo que tiene la niña?

S.A: La maldición, de hecho, es real…Mi mamá está a punto de sacarme las maletas de la casa por muchos motivos y uno de ellos es porque publiqué que en mi familia hay una maldición. Es una maldición, se supone, que le echó una mujer de Esmeraldas a mi abuelo, pero no tiene nada que ver con la maldición de la novela.

Un día me lo contó mi mamá y me dije: “Ve, no somos una familia común y corriente. Tenemos una maldición”.

La maldición de los Donoso se va a ir desgajando en otras obras mías porque a la familia Donoso no tengo ninguna intención de dejarla ir.

M: ¿Quién es Juan Pablo?

S.A: Juan Pablo sí está basado en un personaje real. Solo físicamente; bueno, y tal vez en un poquito de intensidad. Creo que si en algún momento él llega a leer el libro, se va a identificar plenamente porque su fisonomía es bastante particular.

Juan Pablo es el tipo que ama a toda costa. Porque si hay algo que yo voy a defender hasta el final de mis días es que Orange es una historia de amor. Un poco extraña, si se quiere, pero es amor.

Son dos personas que se aman profundamente. Que el resto no entienda ese nivel de amor y de entrega ya es cuestión, precisamente, de lo que pongo en el tercer apartado de la novela: lo otros, ellos. Esos ellos u otros no entienden ese amor.

El fuego, en principio, fue creado para ahuyentar las sombras, para ahuyentar el miedo que teníamos a lo que habitaba en la oscuridad. Y eso es lo que me produce más atracción, porque el fuego, si bien ilumina, también destruye. Y es algo que no podemos evitar. La luz nos permite salir de las sombras, pero también nos puede matar”

M: Esa estructura tripartita llama mucho la atención. Y, en esa misma división, hay espacio para la reflexión metalingüística, ya que cada parte empieza con la definición de un pronombre. ¿Cómo te surgió esa idea y por qué?

S.A: Surgió en el momento en que me planteé la persona narrativa en la que tenía que contar Orange. Tenía una idea muy clara de la primera persona: las pesadillas que tenía, las imágenes de la iglesia, del incendio…

En algún momento me di cuenta que para describirlo bien tenía que usar la tercera persona y no solo escribir desde la perspectiva del personaje de Catalina, que es una mirada muy particular, porque es una chica que, definitivamente, tiene problemas.

En esos momentos pensé en matizar la historia con las distintas perspectivas: la perspectiva de él, el que ama; Catalina, que es, en cierta manera, la amada; y la mirada de los otros. Todos ellos son enfoques muy distintos.

M: Tomás está dentro de la perspectiva de los otros y nos parece que tenga una mirada muy particular dentro de esos otros.

S.A: Tomás Donoso es  el único personaje que puedo considerar mi alter ego, mi representante activo dentro de mi literatura. Él sí se hace preguntas que yo me haría. Por ejemplo: “Es mi prima, la quiero mucho, pero le noto algo raro” o “es mi primo, lo quiero mucho, pero la fijación con su hermana es un poco extraña”.

Entonces, él sí tiene una perspectiva omnisciente, que a la vez, es la mía. Él es un poco más racional y trata, también, de escapar de esa maldición que pesa sobre los Donoso. No le gusta mucho su familia, pero tiene que bancársela.

M: También te sirve para anticipar ciertas cosas, ¿verdad?

S.A: Sí. Es un personaje racional, es muy frío. En lo que estoy escribiendo ahora, recupero a este personaje, Tomás, y él se caracteriza por su racionalidad y está intentando escapar de la maldición.

M: Al leer tu novela uno tiene la sensación de que se dibuja con varios pinceles. Hay espacio para la poesía, para las técnicas propias del relato clásico y la técnica novelística. ¿Cómo conjugas todo ello en Orange?

S.A: Yo no escribo poesía porque la respeto mucho.

Cuando escribo algo, parto de lo visual. Veo escenas, como en una película. Yo soy generación cinematográfica, visual. Trato de transmitirle al lector, lo más fielmente posible, no lo que estoy viendo, sino lo que estoy sintiendo cuando veo algo: la angustia, el ahogo, el humo, el calor…

M: Te decía lo de la poesía porque en tu novela hay párrafos, que podríamos llamar uniléxicos, formados por palabras con carga poética.

S.A: Puede ser. Trataba de condensar ciertas imágenes en pocas palabras o en una sola. Por ejemplo, la descripción del campo quemado, momento en el que sucede el encuentro entre Catalina y otros miembros de su familia, busca expresar la cadencia de la respiración agitada, del color…Me pasé semanas viendo cuadros de Vicent van Gogh —el de los girasoles, los hombres que cosechan— para captar profundamente ese amarillo intenso.

M: Ni amarillo ni naranja… Orange, ¿por qué?

S.A: Eso sí es una cuestión bien personal. Hay una hora en Quito, que está entre las 17.30 y las 18.30, generalmente en verano, en que el sol se empieza a esconder detrás de la montaña, del bendito volcán ese que tenemos ahí. En ese momento en el que quedan destellos de sol, parece que la realidad se convierte en algo que estuvieras viendo en una fotografía antigua, como sumergida en té. Todo cobra un tinte amarillento. Y ese momento lo relaciono con todos los incendios que tenemos todos los veranos aquí: el humo, el color del cielo…de modo que, no me parecía ponerle amarillo. De hecho, amarillo me parece una palabra fea, a pesar de que me gusta el color amarillo.

En algún momento, se me coló la palabra orange y me dije “este tiene que ser el color del cielo”, de ese momento que he descrito.

M: Sandra Araya también ha escrito y publicado cuentos. Fue galardonada en la Bienal Pablo Palacios. ¿Qué representa este premio en tu carrera?

S.A: Fue una sorpresa. Me lancé un poquito a ciegas. Fue un cuento que nació en media hora. Yo estaba esperando en la escalera del edificio de un amigo mío, el escritor Javier Vásconez. Él tiene en el pasillo del edificio un sistema de encendido de luces automático, por movimiento.

Mientras esperaba, se apagaba la luz. Recuerdo que empecé a ponerme un  poco paranoica —yo soy paranoica a mil—, empecé a pensar en quién subía y quién bajaba. Comencé a escuchar ruidos también en la escalera y no sabía si eso era producto de mi paranoía o simplemente, había gente que subía y bajaba, como ocurre en todos los edificios..También empecé a pensar en quién había detrás de las puertas de esos departamentos y así…

Le puse mucha fe a ese relato, pero lo mandé como por… “veamos qué pasa”. Y cuando me dieron la noticia, sí, me alegré mucho, pero lo tomo como lo que es: un pequeño avance.

M: ¿Cómo crees que los premios influyen en las carrera de los escritores?

S.A:  Creo que para alguno debe ser un espaldarazo grande. Aparte, los premios siempre tienen que ver con publicación, lo cual es muy complicado. También, tienen que ver con incentivos económicos en algún caso, lo que yo creo que a nadie le viene mal, hay que decirlo. En mi caso, por ejemplo, es un poquito de vanidad; sí, de decir: “No está tan mal lo que estoy haciendo”. Además, a mi mamá sí le gustó.

M: Sabemos que diriges una editorial llamada Doble rostro y que, al menos, has publicado cuatro libros. ¿Cómo eliges esos libros?¿Cómo filtras las obras que te envían para publicar?

S.A: Es súper arbitrario. He trabajado durante años en el mundo editorial. Muchas veces tuve que ceñirme a lo que quería el jefe. Entonces, un día dije: “Voy a hacer la quijotada y voy a publicar lo que yo quiera”. El primer libro que publiqué se llama Misoginia, de Fernando Escobar Páez. Es un libro que raya en lo poco correcto. Es la historia de un tipo despechado que empieza a carajear a todas las mujeres que no le han parado bola, pero las carajea de una manera muy divertida.

A mí, me han tachado de misógina por ese libro, me han pedido explicaciones de por qué publiqué algo así; y que si es totalmente puerco y es guarro; y que cómo se me ocurre… Pero no es verdad, es una ficción, estamos hablando de ficciones. Y sí, me pareció que estaba trabajado bien lingüísticamente, que era divertido, legible y que tenía que ser publicado.

M: Están surgiendo en Quito numerosas editoriales independientes,  ¿qué opinas de ello?

S.A: Si hacen un buen trabajo, bien. Hay que distinguir una cuestión súper clara: los gringos sí tienen una diferencia entre el editor y el que publica. El editor, para nosotros, en Latinoamérica, es el que hace todo, pero resulta que no es cuestión de coger un Word, imprimirlo y decir: “Lo edité”. No es así.

El editor es el que se sienta días, semanas, meses, con el autor, a negociar, a pedirle cosas, a pesar del ego que tiene cada escritor y a pesar de su estilo propio. Es súper conocido el caso de Raymond Carver con su editor Gordon Lish. Este editor hizo unos cortes a sus textos bestiales; en realidad, ese es el condumio de la literatura de Carver, para algunos.

Ser editor es distinto a ser el que publica porque esto último lo puedo hacer en cualquier imprenta.

M: ¿Tienes algún proyecto ahora?¿Algo a punto de salir?

S.A: Sí, estoy en esas. Acabo de lanzar la semana pasada la segunda edición de Angelote, amor mío, que es un cuento icónico de Javier Vásconez. Esta obra habla sobre las figuras religiosas en Quito. Es, además, una historia sobre la homosexualidad, la transgresión en las clases sociales… Es una obra muy densa para la época en que fue escrita y para ahora. Se ha reactualizado. Hicimos una historia ilustrada en esta segunda edición.

También voy a sacar, más o menos en un mes, mes y medio, un libro que se llamará, tentativamente, El fracaso de mis encantos, de una chica que se llama Nicole. Esta obra tiene que ver con las vivencias de una mujer de 30 años en esta época moderna. Un tipo de mujer que se ve objeto de esos arquetipos en los que a una la quieren anclar: tienes que casarte, se te va el tren…

Sé que muchos me dirán : “Esto no es literatura”. Por supuesto que es literatura. Es una cosa muy entretenida y a la vez trágica de narrar.

M: Los que quieren empezar un proyecto de editorial se enfrentan a algunas dificultades, por ejemplo: los canales de distribución. ¿Cuáles son tus canales de distribución?

S.A: Es complicado. Yo lo hago solita. Me voy a todas las librerías con mi muestrario y les pregunto si les interesa o no. Por suerte, estamos en Quito, no en París. No tengo que irme a cinco puntas a ofrecer mis libros. Tenemos un mercado editorial limitado, pequeñito, con librerías pequeñas, que aquel que se embarque en esto de publicar puede aprovechar.

M: Otro de tus trabajos a los que te has dedicado es de organizadora de bibliotecas. ¿A qué te refieres con eso?

S.A: Pues de organizadora de biblioteca de amigos míos. Cuando no saben muy bien dónde poner las cosas, les digo: “Ve, págame un poco y yo lo hago”. Para las demás cosas, soy muy desordenada, pero para la cuestión libros, soy muy organizada. Y para lo que tiene que ver con mi trabajo soy maniática, incluso.

M: El tiempo se nos agota y queremos hacerte una petición antes de que te vayas: ¿qué café nos recomiendas para la lectura de tu obra?

S.A: Estoy a punto de dejar la cafeína por problemas en el sistema nervioso. Me tiene derretida el café, pero sí recomiendo un lugar muy bonito enfrente del Jardín, donde venden café, y cosas para picar.

Una de las cosas que no recomiendo es un café árabe. Tiene que ser un café americano, pasado.

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