Fotografía: Librería Rayuela

A pocos minutos de las siete de la noche, la Germán Alemán es una calle oscura del norte de Quito.  Es una pendiente que se vuelve cada vez más pronunciada y negra a medida que uno avanza hacia la Eloy Alfaro. Hoy una luz verde ilumina la acera y la calzada. La Librería Rayuela está abierta.

A pocos metros de la entrada, tras franquear la puerta, la imponente estatura de Andrés Hermann saluda a los visitantes. Una luz cálida se esparce entre los estantes repletos de libros, los escalones y la gente. Hermann, poeta, ensayista y catedrático, recibe y presenta ceremoniosamente a cada uno de los amigos, compañeros, familiares y curiosos que llegan al evento. Los conoce a todos y escoge cinco o seis palabras para dibujar un breve perfil de cada uno de ellos que permite e invita a la conversación.

En la parte trasera de la librería se han dispuesto sillas y una mesa. Llega más gente. Ocupan los asientos. Tres poetas se sientan en la mesa frente a todos: Andrés en medio; a la izquierda, Gabriel Cisneros; a la derecha, Juan Suárez. Lectura y cadencia para elogiar a Hermann y su ópera prima: De la levedad.

Mónica Varea, propietaria de la librería, abre el evento. “Estoy rodeada de poetas, qué miedo”. Risas. Luego, de la primera fila, se levanta la larga figura de Javier Oquendo, de El Ángel Editor. Dirige unas palabras a los asistentes y elogia la poesía. “Soy el ginecólogo de este libro”. Más risas.

Cisneros recuerda que en estas últimas semanas han muerto dos poetas allegados: Ana María Iza y Alfonso Murriagui. Y celebra que, en este contexto de pérdidas, nazca un nuevo poeta: Andrés. Juan Suárez habla del “amor y la levedad” de los versos del poemario, de cómo en ellos se “profana la ausencia y el silencio”. Agradece que no haya “pose” ni altivez en el escritor Hermann.

Es el turno del autor de esta velada. Habla del “tributo al amor”, de la “nostalgia” que evocan sus versos leves. En su intervención, menciona a Parménides, Heidegger, Byron, Blake y Sartre; también a Jorge Dávila Vásquez, a Cristián Londoño -que se encuentra entre el público-, y a otros tantos.

Reparten vino. ¡Salud! Continúa el evento.

Da inicio el recital. Lee Hermann, Cisneros y Suárez.  El autor de De la levedad dedica poemas a dos de sus hijas, también entre el público. “La que un día fue mía // acaba de partir a su encuentro con Caronte”, “El corazón dejará de marcar su incesante contratiempo musical”, “Peso: // levedad //¿Dónde reside el sentido?” son los principios de algunos de los poemas del libro. Aplausos y vino.

Palabras de cierre de Oquendo y Varea. La gente se levanta. Satisfacción general, felicitaciones al poeta. Se van formando círculos de gente. Crece el fragor de las conversaciones en el interior de la librería. Fuera, como reza el verso de Hermann, “aquel manto oscuro que es la noche”.

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