Comentario sobre el libro Un animal parecido al deseo

Por Marc Bayés

Un animal parecido al deseo es el título de este poemario, pero como ustedes habrán notado, es también un endecasílabo perfecto: Un- a-ni-mal-pa-re-ci-do al- de-se-o. El acento recae, constante, en la tercera sílaba. Digo esto porque creo que el título que Vicente elaboró nació del afortunado encuentro entre la razón y la intuición. Este título, a mi modo de ver, explica la firme delicada línea por la que transita la voz poética de Vicente Robalino en este poemario.

Me explico: hace tres semanas entrevisté a Vicente en el programa radial de literatura Cafés con letras —perdonarán la cuña publicitaria—. Cuando le pregunté de dónde, cómo y por qué ese título me respondió:

“La escritura se va dando en imágenes. No planifico la escritura”. En pocas palabras, estaba afirmando que el título vino así, de la intuición poética.

Si una imagen deviene en un endecasílabo perfecto estamos hablando de un autor que cuando mira, cuando se le conforman esas imágenes, ve poesía y destila música enlazada en palabras.

El denominador común de este poemario, que tardó tres años en acabar, es la intuición creadora, la intuición que se traduce en 66 poemas trabajados minuciosamente: leídos, releídos, escritos y reescritos.

Cuando Vicente empieza este poemario, hay una autora, especialmente una, que le invita a escribirlo. No le dice literalmente: “Escribe eso o aquello”. Tampoco la encuentra en los lugares habituales de la conversación literaria: la calle, un café, ni si quiera en un aula, sino que la conoce profundamente leyéndola, pensándola, dialogando silenciosamente con ella. Esta autora es Olga Orozco, una poeta argentina de la llamada tercera vanguardia, cuyas afinidades con Vicente Robalino van más allá de lo temático y técnico, son afinidades en la misma concepción de lo poético.

Me confesó Vicente, en la conversación que mantuvimos en la radio, que Orozco le enseñó que hay que escribir intuitivamente, que hay que poner mucha fuerza en lo que uno dice y que no hay que tener miedo a las imágenes ni a las palabras.

Este poemario no está sometido al miedo, ni a la razón, no teme a la plasticidad de la imagen ni de la palabra. Tampoco es un poemario cercado, atado a la exigencia temática ni métrica. En realidad, si hay un leitmotiv que trasluce en los versos de Vicente Robalino es precisamente lo contrario a la atadura, eso es, lo inaprensible, lo inaccesible, lo escurridizo, todo aquello que no podemos enjaular, ni cercar, aunque ello genere angustia, desesperanza o desazón en el poeta.

En los versos de Vicente “no se detiene el trote de las palabras”, tampoco se detiene el vuelo de las aves, aunque vuelen hacia la nada,  tampoco se interrumpe el paso de las hormigas, ni la luz que se abre paso entre los acromegálicos rascacielos. Y el cuerpo no escapa al devenir constante. En Último refugio dice el poeta: “Mi cuerpo lleno de deshielo precipitándose”.

Hay, por lo tanto, un movimiento insistente en la poesía de Vicente Robalino. El movimiento del tiempo-jabalí del que habla el poeta y de otros tantos animales en constante caminar, en un itinerario sin inicio ni fin.

Todo parece escaparse en los versos de Un animal parecido al deseo y no hay voluntad de someterlo, de pararlo, porque sería inútil. Incluso las palabras se “resignan a la muerte”, dice Robalino. Las propias palabras son mortales y su muerte es el olvido.

El pasado es otro de los elementos inasibles a los que se recurre repetidamente en la poesía de Un animal parecido al deseo. El autor retoma el pueblo, la plaza, el patio de la infancia de la casa de su abuela, el patio del maíz.

En ese escenario dice el poeta:

“Mi abuela mira el cielo y pronostica un feroz aguacero // todos nos apresuramos a recoger el maíz tendido en el patio”.

Pero el pasado no es siempre algo ufano, donde se pueden suceder imágenes un tanto bucólicas. El poemario es crítico con ese tiempo que no necesariamente siempre fue mejor. De hecho, en ese pasado se construyeron las culpas que pueden asfixiarnos a todos, “las dudas que jamás resolveremos”, dice el poeta.

No nos queda más que “dejar que tiempo haga de las suyas”, “que sea la gran catástrofe” “el nunca y el ahora vueltos de espalda”.

Pero mientras eso ocurre, mientras el tiempo nos lleva irremediablemente, hay lugar, tiempo, para rebelarse a través del poema contra la falta de humanidad, contra la instantaneidad vacua, contra el consumo desmedido, que, inclusive, “ha convertido a la muerte en un producto más de consumo y se compra en cualquier periódico o revista”.

En este panorama ineludible, nos queda celebrar la poesía en esta noche y otras tantas. Muchas gracias.

 

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