Cafés con letras

“Tener una vida”, de Daniel Jándula

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Son las 18.45. Sé que llego demasiado pronto. Daniel J., el escritor de Tener una vida,  ya está fuera de la librería. Lo reconozco de inmediato. Mueve la cabeza de un lado a otro, visiblemente nervioso, visiblemente a la espera.

Han pasado 20 años desde la última vez que entré en Gigamesh. Ahora es un lugar espacioso, iluminado, agradable, pero menos auténtico. Antes, cuando la tienda estaba ubicada en la Ronda Sant Pere, era un local alargado, una especie de túnel mal iluminado, al que se accedía bajando un breve tramo de escaleras y agachando la cabeza para no darse contra el arco de entrada. Gigamesh contravenía todas y cada una de las estrategias de marketing, pero los sábados de mañana estaba rebosante de vida.

Es la primera librería en la que me compré un libro: El señor de los anillos, de la colección Minotauro.

Doy una vuelta recorriendo los anaqueles. Encuentro exactamente la misma edición que adquirí hace más de 20 años. Se ve vieja, pero hermosa. El tiempo la ha relegado a los estantes inferiores, muy por debajo de las ediciones ilustradas, brillantes, nuevas.

Cerca de las 19 la tienda está más concurrida. Olga y Paco llegan puntuales. Al principio no me reconocen. La última vez que coincidimos fue en Quito, en la presentación de un poemario de María Auxiliadora Álvarez, editado por Candaya.

Recuerdo que la lectura de la autora, de origen venezolano, nos dejó a todos emocionados, petrificados. En ese maravilloso evento, en el Centro Cultural Benjamín Carrión, mi esposa abrazó conmovida a la poeta.

Son las 19:05. A Paco y Olga todos los conocen, todos los saludan. Paco me presenta a un quiteño residente en Barcelona. En segundos, me encuentro envuelto en la calidez de la conversación ecuatoriana. No nos conocemos de nada y, sin embargo, hablamos y hablamos.

Es hora de empezar. La sala es reducida. La llenamos, nos sentamos. En la mesa ya están listos el autor y la presentadora, Anna María Iglesia.

Inicia la presentación. Se convierte inmediatamente en una conversación con espectadores. No quieren spoilear el libro, no quieren desvelar nada. Lo consiguen. La información del libro queda fragmentada, recortada. Las intervenciones de autor y presentadora son igualmente retazos, volantazos conversacionales, divagaciones cambiantes. Daniel apenas nos dedica alguna mirada por el rabo del ojo.

La conversación se va convirtiendo en un agujero negro. En la novela también hay un agujero negro que se va tragando la realidad. La conversación de Daniel y Anna María no puede escapar de la reflexión existencialista “seria”, pese a sus intentos humorísticos reiterados.

La novela muestra a un personaje incapaz de salir de sí mismo, de hacer nada por arreglar su situación. “La inercia es el motor del personaje”, dice Anna María; la inercia se convierte en el motor de la presentación.

El agujero negro sigue creciendo más allá de las páginas del libro, de Tener una vida. Nos arrastra a todos 55 minutos hasta que llegan las preguntas y comentarios del público. Un poco de luz. Daniel ya nos mira abiertamente.

Olga y Paco también intervienen. Olga pregunta por la génesis del libro. El autor cuenta que se fue materializando en la extrañeza desértica del paisaje de Rota, en un enero como este, en el que Jándula se preguntaba “que ocurriría si de repente desapareciera”. Paco resalta la autenticidad del lenguaje y Daniel explica que escribe cada frase una y otra vez, con estructuras distintas para encontrar la más pertinente.

Son las 20.15. Termina el evento. Se levantan todos. Alguien dice algo de unas cervezas para continuar la conversación. Me despido de Olga y Paco. Sé que me voy demasiado pronto.

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